sábado, 4 de julio de 2009

9 VECES VERONICA





Hay algo que jamás debes hacer si eres una persona sensata y sabes lo que te conviene: plantarte delante de un espejo y pronunciar nueve veces consecutivas el nombre de Verónica. Suena algo tonto, es cierto; no serías el primero que se burla al escuchar esta historia, que circula de boca en boca desde hace varias décadas. Muchos antes se han reido pensando que se trata de una fábula, una historia de campamento para amedrentar a los débiles y a los crédulos. Pero otros muchos aseguran conocer a personas que aceptaron el desafío y cargaron con sus terribles consecuencias durante el resto de sus vidas, a veces largas y a veces efímeras...
Todo empezó en una oscura casa abandonada hace ya muchos años. Todos hemos pasado por esa edad en la que jugar con los fenómenos ocultos se convierte en un apasionante pasatiempo, algo para contar y presumir ante los demás de nuestro valor (o de nuestra estupidez). Y eso precisamente es lo que estaban haciendo allí Verónica y sus amigos aquella tarde de invierno. Decidieron que aquél era un lugar perfecto para una de sus sesiones de espiritismo que, dicho sea de paso, siempre habían resultado decepcionantes; nunca habían conseguido la más mínima manifestación fantasmagórica: ni una presencia en la sombra, ni un susurro de los que hielan la sangre, ni tan siquiera un triste vaso moviéndose solo sobre un tablero de ouija. Pero al menos todos se divertían haciendo sonidos extraños y tratando de asustarse unos a otros. Verónica era la que más disfrutaba con todo aquello y la que más bromas solía gastar. Era incapaz de tomarse nada en serio y no hacía sino reirse de lo fáciles de asustar que eran sus compañeros. No podía ni imaginar que algo iba a ser diferente en esa ocasión.
La sesión transcurría según lo previsto. Tras la tradicional formación del círculo, en medio de las no menos tradicionales bromas de rigor, se dispusieron a invocar a los espíritus. Verónica, utilizando un tono de voz cavernoso y tétrico como ya era habitual en ella, empezó a simular que era una presencia de ultratumba, poniendo muecas más cómicas que aterradoras y no pudiendo contener un ataque de risa. Justo en ese momento, una silla algo desvencijada pero muy pesada que había al fondo de la habitación salió despedida en el aire con una enorme fuerza. Nadie tuvo tiempo suficiente para reaccionar; la silla golpeó mortalmente en la cabeza a Verónica, que cayó al suelo desplomada con un espantoso ruido seco, mezcla de madera hecha astillas y huesos fracturados, ante la mirada de horror de sus tres compañeros. La noticia llenó páginas enteras en la prensa amarilla de la época. Pero al igual que ocurre con todo, el paso del tiempo desvirtúa las cosas. Y la historia de Verónica se convirtió en un cuento de miedo más. Otro de tantos, real pero ficticio; ficticio a pesar de ser real. Se corrió el rumor de que Verónica no había podido encontrar descanso tras su muerte. El más allá tiene también sus leyes y sus reglas, y ella las había roto todas. Se empezó a decir que había sido condenada. Sentenciada a no conocer la paz ni un solo instante, convertida en guardiana de las puertas de lo oculto, con la misión de hacer pagar las consecuencias de sus actos a aquellos que, al igual que ella, se burlaban irresponsablemente del Otro Mundo. En ocasiones la verdad resulta demasiado aterradora para creer en ella. Resulta más sencillo pensar que ninguna de las historias que conocemos tuvo lugar en realidad, que todo son invenciones, para así poder dormir tranquilos por las noches, engañados pero felices. Aunque el error de la autoconfianza pueda hacer que la historia se repita

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